Hijo de un abogado de Texas, Valdés se inició reclutando choferes para otro contrabandista de inmigrantes. Pero a los 28 años, con la ayuda de su hermano menor Román, se independizó.
Su método: invitar a operadores de empresas transportistas que despachan camioneros de El Paso a Ciudad Juárez a una noche de tragos. Pagarles para enviar a los camioneros a los bares frecuentados por sus reclutadores. Invitar también a los camioneros con unos tragos y después ofrecerles dinero fácil. Como por ejemplo 100 a 300 dólares por cabeza para transportar indocumentados.
En el verano del 2002, Valdés transportaba cinco cargas por semana, con un promedio de 20 inmigrantes por carga.
Ahora, luego de una aventura fallida y mortal, los hermanos Valdés se habían escondido.
Unas semanas después del viaje fatal del 27 de julio del 2002, funcionarios estadounidenses y mexicanos se reunieron en las oficinas de la Patrulla Fronteriza en El Paso. Su objetivo era apresar a Pat y Román Valdés --ambos ciudadanos estadounidenses-- y traerlos a Estados Unidos.
Las negociaciones requerían cautela. Los informantes advirtieron que Pat Valdés había pagado sobornos antes para impedir su deportación. De saber cómo se ampliaba la búsqueda, volaría lejos.
"Los apresaremos", prometió un funcionario mexicano que pidió un poco de tiempo.
En Juárez, los agentes mexicanos empezaron a vigilar los lugares favoritos de Valdés dispuestos a esperar lo que hiciera falta.
Los investigadores estadounidenses, ansiosos por desbaratar toda la red de Valdés, tenían mucho trabajo por delante.
Los migrantes del viaje fatal --entre ellos Luciano Alcocer que acababa de salir del hospital-- ayudaron a hallar la casa rodante de Chaparral, Nuevo México, donde los contrabandistas los habían concentrado antes de cargarlos en el camión. Estaba abandonada, pero una redada en otra de las casas de la banda produjo tres arrestos.
David Fry, agente especial del Servicio de Inmigración y Naturalización, rastreó el movimiento de dinero.
Los familiares de algunos de los migrantes habían cablegrafiado miles de dólares a los coyotes para pagar por la operación, y los registros de las transacciones revelaron más nombres que se sumaron a la lista de sospechosos.
Pero después de tres meses de investigación sólo había seis detenidos, incluyendo los choferes del camión, Troy Dock y Jason Sprague.
La fiscalía tenía evidencias suficientes para demostrar que Pat Valdés era un coyote, pero no para probar que hubiese organizado el viaje mortal. Los choferes lo habían acusado, pero considerando su participación, el gobierno no iba a darles inmunidad a cambio de su testimonio.
Los fiscales los calificaron de asesinos.
Por eso, los investigadores necesitaban algo más. Y la noche de las brujas (Halloween), encontraron lo que buscaban.
Varios policías mexicanos, con las pistolas desenfundadas, rodearon un vehículo en Juárez. Horas después, a las 3 de la mañana, se reunieron con agentes de la Patrulla Fronteriza en el puente carretero Stanton que une Juárez con El Paso. Los agentes de ambos países se estrecharon las manos luego de entregar a un hombre.
El prisionero --de vientre prominente, semicalvo y sin afeitar-- tenía las manos esposadas frente a su buzo deportivo.
"¿Está dispuesto a darnos una declaración?", le preguntó un agente de la patrulla.
"¿Quieren una declaración?", respondió Pat Valdés. "Soy inocente. Ésa es la declaración".
Un mes después hubo otro paso adelante en la investigación.
Las autoridades mexicanas apresaron a Román Valdés en Juárez y también lo entregaron. La fiscalía supuso que si le ofrecían un arreglo quizás podrían poner a su hermano a la sombra durante mucho tiempo.
Casi había ocurrido antes. En 1999, Román Valdés había acudido a la Patrulla Fronteriza para ofrecer información sobre la operación de contrabando humano de su hermano. Pat no le había pagado lo suficiente ni le daba responsabilidad, se quejó. Estaba cansado de ser un lacayo.
"Quiero terminar con esto", les había dicho en esa ocasión.
Pero por motivos que nunca se esclarecieron, dejó de cooperar y volvió a trabajar con su hermano.
Esta vez la situación era diferente.
Los agentes estadounidenses le leyeron a Román Valdés los cargos en su contra. ¿Estaría dispuesto a hablar?
Vaciló por un momento. Después estalló. "Siempre que estuve en problemas ha sido por Pat", espetó. "Siempre fui un peón... aunque soy su hermano".
Y les preguntó a los investigadores "¿qué quieren saber?"
El 14 de abril del 2003, Pat Valdés fue a juicio por conspiración y contrabando de indocumentados ante un tribunal federal en El Paso.
En el segundo día Román Valdés subió al banquillo de los testigos, donde evitó la mirada de su hermano mientras respondía las preguntas del fiscal especial adjunto Tom Roepke.
Román Valdés dijo que su tarea era reclutar camioneros para la banda de coyotes, "engancharlos" con alcohol y prostitutas en los bares de Ciudad Juárez..
"¿Quién pagaba los servicios de las prostitutas?", preguntó Roepke.
"Pat", respondió Román Valdés.
"¿Cómo le pagaban al chofer?"
Mediante un "cargador" que colocaba los migrantes en el camión, dijo Román.
"¿Y el cargador de quién recibía el dinero?"
"De Pat", contestó.
"¿Quién le pagaba a usted?"
"Pat".
Los jurados miraban furtivamente al acusado, que parecía presa del asombro.
Roepke planteó el caso del viaje mortal.
Esa noche, dijo Román, su hermano lo había rastreado en Juárez y le había dicho que tenían que desaparecer. La policía podía estar buscándolos.
¿Por qué?, preguntó el fiscal.
"Me dijo que algunas de las personas en el remolque habían muerto".
Ese testimonio vinculó a Pat Valdés con las muertes. Ahora Roepke quería hacer saber a los jurados lo que experimentaba uno de los aproximadamente 10.000 indocumentados que la banda había hecho entrar ilegalmente en Estados Unidos a lo largo de los años.
Las luces de la sala se mitigaron y en una pantalla se exhibieron las escenas captadas por la videocámara policial: un agente estatal abre las puertas del camión. Se trepa adentro. Grita. Extrae un cuerpo inerte. Le vierte agua. El cuerpo sigue inmóvil.
Las luces vuelven a encenderse y Roepke llama al testigo siguiente.
Un adolescente alto y delgado sube al banquillo de los testigos.
Los jurados se preguntan si se trata de la misma persona que habían visto extraer del camión exánime.
Hablando en voz baja Edson Rojas, casi de 17 años, narró lo ocurrido en su viaje de 12 horas en la cabina de carga del camión cerrada y sin ventilación.
Todo parecía normal hasta que salió el sol, dijo mediante un intérprete. En ese entonces "el remolque empezó a calentarse" y la gente a desvestirse.
"Empezamos a quedarnos sin oxígeno", recordó. "Orinábamos en las botellas de agua que teníamos y después bebíamos nuestro orín".
¿Por qué? le preguntó un adjunto al fiscal, Greg McDonald.
A Rojas se le quebró la voz. "Porque estábamos sedientos y no teníamos nada que beber".
Agregó que cuando el camión se detuvo en una parada en Dallas, otros saltaron por la puerta a empellones. Él trató de seguirlos, pero estaba demasiado débil.
McDonald le preguntó si pudo salir.
"No", dijo el muchacho.
Desde la mesa de la fiscalía, Roepke escudriñaba a los jurados. No se perdían detalle.
Rojas dijo que pidió ayuda, pero las puertas del camión se cerraron y el vehículo volvió a ponerse en marcha.
McDonald le preguntó qué pensó en ese entonces.
Rojas no pudo contener un sollozo: "que iba a morir".
El juez dispuso un receso de 10 minutos. Al salir, la mayoría de los jurados tenía lágrimas en los ojos.
El jurado sólo tardó unas pocas horas en llegar a un veredicto.
El día de la sentencia el 18 de junio, Pat Valdés se disculpó, no a los migrantes, sino a fiscales e investigadores. Y les ofreció ayudarles a capturar a otros en el negocio del contrabando humano.
"Si alguna vez me necesitan", dijo, "pueden verme".
El juez Philip Martínez lo sentenció a 27 años de prisión.
Román Valdés, que recibió cierta consideración por haber brindado su testimonio, se declaró culpable de conspiración para el contrabando de indocumentados y recibió una sentencia de siete años y medio.
En total, 19 miembros de la banda fueron acusados además de los hermanos Valdés. Doce siguen prófugos. Una aguarda una decisión para determinar si es competente para someterse a juicio. Seis se declararon culpables de distintos cargos.
Entre estos últimos se encuentran los choferes, Dock y Sprague, quienes admitieron haber conspirado para contrabandear indocumentados, asociación ilícita y viajes estatales con fines ilícitos.
En la sesión de sentencia de ambos en octubre, habló una docena de migrantes que sobrevivieron la odisea para revivir el horror de esas 12 horas de asfixia. Dos hombres habían muerto dentro del camión hirviente cerrado. Si el viaje hubiese durado 10 minutos más, todos habrían muerto, dijo Alcocer, carpintero de México DF.
"Las puertas a la muerte", comentó.
Los abogados de la defensa sostuvieron que los migrantes que contrataron a los coyotes también tenían parte de responsabilidad.
Pero el juez Leonard Davis no lo aceptó.
Algunos podrían suponer que los inmigrantes ilegales "no gozan de los mismos dictados de humanidad que otros", dijo un mes después cuando impuso los castigos. Pero agregó que también deberían disfrutarlos.
Sentenció a Dock y Sprague a casi 34 años de cárcel. Según los fiscales, son las sentencias más severas impuestas jamás en un caso de contrabando de inmigrantes.
